Durante años, en Chile hemos medido parte de nuestro progreso observando cuánto disminuye la pobreza. Esta mirada es necesaria y permite orientar políticas públicas que han mejorado la vida de millones de personas. Pero el escenario que enfrentamos hoy exige hacernos una pregunta complementaria:
¿Qué tan seguras están esas familias de no volver a caer en ella?
La pregunta cobra especial sentido cuando el país vuelve a mirar con preocupación el mercado laboral. La tasa de desempleo nacional alcanzó el 9,4%, su nivel más alto en cinco años; entre las mujeres llegó al 10,5%, mientras la informalidad laboral continúa aumentando. Para miles de hogares, conseguir un empleo estable se ha vuelto más difícil y, frente a esa realidad, el emprendimiento o autoempleo deja de ser una opción para transformarse en una necesidad.
Sin embargo, emprender no garantiza estabilidad.
Quienes trabajamos diariamente con los microemprendedores vemos una realidad que no aparece en las estadísticas. Detrás de los negocios hay familias que viven con márgenes muy estrechos. Una enfermedad, una caída en las ventas, un problema de salud de un hijo, una inundación o una semana sin ingresos pueden borrar en pocas semanas el esfuerzo acumulado durante años.
Por eso, el desafío social de Chile ya no puede medirse únicamente por cuántas personas salen de la pobreza. Debe medirse, también, por cuántas tienen la capacidad de mantenerse fuera de ella.
El Informe de Impacto de Fondo Esperanza y la Fundación Microfinanzas BBVA confirma esa realidad. El 89% de los emprendedores que ingresan a la institución se encuentra en situación de vulnerabilidad económica y casi la mitad vive bajo la línea de pobreza.
Pero el reporte también muestra algo esperanzador: cuando el acceso al crédito se combina con acompañamiento, formación y redes de apoyo, las trayectorias comienzan a cambiar. Después de dos años, las ventas aumentan en promedio un 90,4%, los activos un 26,5% y el monto de los ahorros crece un 84,9%. Es con este respaldo económico que muchas familias logran superar la pobreza de manera un poco más sostenida.
"El desafío social de Chile ya no puede medirse únicamente por cuántas personas salen de la pobreza. Debe medirse por cuántas tienen la capacidad de mantenerse fuera de ella".
Hay otro dato que merece atención: el 78% de los microemprendedores son mujeres. Mujeres que sostienen sus hogares mientras compatibilizan el cuidado de hijos, personas mayores o familiares dependientes. Cuando el empleo asalariado escasea —como ocurre hoy— son ellas quienes con mayor frecuencia crean un negocio para generar ingresos. Pero también son quienes enfrentan mayores barreras para hacerlo crecer.
Por eso, fortalecer el emprendimiento no consiste únicamente en ampliar el acceso al financiamiento. Significa construir capacidades para enfrentar la incertidumbre. Significa promover educación financiera, digitalización, redes comunitarias, protección frente a riesgos y herramientas que permitan resistir cuando llegan tiempos difíciles.
En un contexto de desaceleración económica y deterioro del mercado laboral, hablar de resiliencia económica deja de ser un concepto técnico. Se transforma en una prioridad país.
Porque el desarrollo no se juega solamente cuando una familia logra cruzar la línea de la pobreza. Se juega también cuando esa familia puede mirar el futuro con la tranquilidad de saber que un imprevisto no la obligará a empezar de nuevo.
Mario Pavón Prat.
Gerente General de Fondo Esperanza.
Publicado por: Francisco Muñoz Almendras.
Enfermero | Diplomado en Docencia.
Corresponsal y Locutor Radio Mía 89.3 FM